Jóvenes: el futuro de Europa

  • Tribuna de Prensa
  • 28 de Marzo de 2019
Jóvenes: el futuro de Europa

En las últimas semanas, he tenido el privilegio de participar, como eurodiputado socialista, en varios actos, encuentros y debates protagonizados por gente joven -estudiantes, preuniversitarios y universitarios, activistas y exponentes sectores del tejido civil menores de 30 años- a propósito de lo que está en juego -ergo, lo que nos jugamos todos, pero singularmente ellas y ellos, las ciudadanas y ciudadanos europeos que tienen su vida por delante- en las próximas elecciones europeas de 26 de mayo.

Como todo el mundo a cierta edad, he desempeñado trabajos y facetas distintas a lo largo de una vida, pero si he definirme opto por presentarme como un universitario. Porque lo soy de formación, vocación, y profesión. Frecuento a los/as estudiantes tanto como me permiten mis otras obligaciones. Y constato, preocupado, desde hace ya bastante tiempo, la distancia que separa su actual visión de Europa de la que nos caracterizaba a quienes teníamos 20 años en los años 80 del pasado siglo XX, cuando España se adhirió a la integración europea con el empuje del neófito y hambre atrasada de siglos.

Nuestra juventud era entonces una generación euroentusiasta: 35 años después, he crecido y madurado para llegar a ser un europeo descontento con el deteriorado pulso vital de la UE. Me tengo por euroexigente, en todo lo que haga falta para dejar de echar de menos la UE de sus mejores horas, la que identificamos con su modelo social: solidaria, cohesiva, protectora y correctora de muchas desigualdades de origen territorial, generacional y social. Sin duda, soy eurocrítico. Pero continúo siendo europeísta convencido, de cuerpo entero, abogado de sus causas históricas y de sus méritos. Un federalista europeo. Y combatiente, por lo tanto, contra el euroescepticismo y su peor derivada en grado superlativo, que es ahora la eurofobia, espectro que recorre Europa agazapada a la sombra del populismo y el nacionalismo reaccionario.

Sé y entiendo, sin embargo, que los hombres y mujeres jóvenes -en España, y en la UE- han venido alejándose del ideal europeo -el promisorio European Dream que teorizó Jeremy Rifkin- por una buena razón: porque la praxis europea se ha alejado de ellos. Porque perciben con disgusto, si es que no con dolor, el ostensible divorcio entre la promesa de Europa y sus realizaciones en estos últimos años. Porque se resienten también de los devastadores efectos de la prolongada inmersión de la UE en la que ha resultado ser la peor crisis de su historia, la de la Gran Recesión que arrancó en 2008, con su brutal secuela de desigualdad, pérdida de oportunidades y horizontes vitales para la juventud, precarización del trabajo y devaluación salarial, sin expectativa creíble de devengar algún día una pensión comparable a la de sus mayores.

Y porque nada hay más corrosivo para el mantenimiento del frágil e intangible vínculo entre la ciudadanía y las instituciones (que no es sino la confianza y la afectividad que sobre esa base dimana) que una contradicción entre lo que se dice y lo que en realidad se hace; entre las reglas del Derecho y el comportamiento notorio, y en la dirección contraria, de quienes dictan primero la regla y la norma vinculante, la incumplen luego o la violan en palmaria negación de su papel de guardianes del ordenamiento europeo.   

Europa les debe todo a esos jóvenes airados, desencantados, distantes o cada vez menos propensos a la participación en elecciones europeas. Porque los jóvenes son el futuro de Europa. Y porque sin jóvenes no hay tampoco ningún futuro para Europa.

Y por supuesto resplandecen causas que les movilizan. ¿O es que no vemos acaso cómo la gente más joven se moviliza masiva y entusiásticamente por el feminismo que entraña aun hoy una revolución? Basta, para comprobarlo, admirar el 8M como convocatoria transgeneracional. ¿Y acaso no se movilizan también contra el calentamiento global y contra el cambio climático? Piénsese en el 15M: impresionante liderazgo el de la estudiante sueca Greta Thunberg.

Pero es nuestro deber -el de los europeístas que hemos madurado en la UE- explicarles a los jóvenes que, con todos sus problemas e insuficiencias cronificadas a lo largo de esta crisis, Europa tiene sentido. Y que su propio futuro no adquirirá plenamente su sentido sin una UE que perviva. Relanzada. Mejorada. Pero en pie. Y en movimiento.

Y que ni la globalización, ni el comercio mundial, ni la robotización, ni la revolución digital, admiten ya marcha atrás. Ni se detendrán por más que queramos ignorarla en una burbuja distópica que nos haga irrelevantes. Ni se detendrá tampoco por la superstición infantil de no votar o abstenernos en esta o aquella elección, ni tan siquiera por el señuelo -quizá tentador, pero a la postre ineficaz- de que votemos en contra de la globalización o del comercio mundial: todos esos desafíos requieren, por el contrario, más que nunca antes si cabe, de actores que sepan y quieran aprender un nuevo papel globalmente relevante. Actores que sean, al menos, del tamaño y escala de la UE en su conjunto. No del de sus subconjuntos ni del de la regresiva casilla de salida de sus Estados miembros.

Y claro que sí, por supuesto: La UE tiene el deber de relanzar su modelo social. Y de afirmarse hacia el futuro como una civilización sujeta a la Ley y al Derecho. Respetuosa con los derechos fundamentales, feminista, ecologista. Multiplicando la actual (y limitada) potencia de fuego de la Garantía Juvenil; del Programa Erasmus + (uno de los activos más preciados por los jóvenes); de la herramienta viajera Interrail; de la libre circulación; de la escala europea de las oportunidades de empleo; de la dignidad en el trabajo y del trabajo; de los salarios dignos (Decent Jobs, Decent Salary); y de las prestaciones sociales y de las pensiones; y de otras coberturas frente a la intemperie. Mucho por hacer, por cambiar, por mejorar.

Y ahí están, para indicarlo, el nuevo Cuerpo Europeo del Voluntariado (aprobado en el Pleno de marzo de Estrasburgo), y la grandeza de la Ayuda al Desarrollo y la Cooperación Humanitaria, en la que la UE es número uno y gigante global. Y la UE, incontestable peso pesado absoluto de la Ayuda Humanitaria y de la causa de la Paz, libre de pena de muerte y contra toda forma de tortura y de trato inhumano y degradante.

Pero nada -nada, insisto, absolutamente nada- se obtendrá ni mantendrá desde la desmovilización. La movilización, el activismo, el compromiso, son el único camino. Una rebeldía sin miedo, que dure toda una vida. Inmune a los demagogos, a la tentación de lo simple, al repliegue nacional y al instinto reaccionario del machismo y de las fobias y al discurso y la política del odio y la explotación del miedo.

El 26 de mayo, los antieuropeos y eurófobos van a votar con fuerza, con ganas, con hambre atrasada. Es hora de que los europeístas lo hagamos aun con más fuerza. Es la hora de que los hombres y las mujeres jóvenes vuelvan con todas sus fuerzas a las urnas que deciden el Parlamento Europeo.

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